Hay muchas formas para describen la vida del cristiano. Los cristianos no se mezclan o no siguen a las muchedumbres; ellos no aceptan automáticamente la sabiduría convencional del día sin preguntar si eso es compatible con su fe en Cristo; ellos no ven a Jesús solo como un guía espiritual de los muchos que la historia ha propuesto.
Habiendo aceptado a Jesús como Hijo de Dios, Salvador del mundo y Señor, saben que nada puede ser lo mismo, nunca más. Sus vidas deben parecerse –y ser igual- a la de él. Por otra parte, ellos deben verse como instrumentos de él.
Otra forma de entender lo que la vida del cristiano ‘debe parecer’ es tener en mente las obras espirituales y corporales de misericordia, que deben convertirse en unos lentes a través de los cuales nosotros vemos a todos los que encontramos en el transcurso del día. Vale la pena que nosotros las tengamos bien aprendidas.
Las obras espirituales de misericordia son: enseñar al que no sabe, dar consejo al que tiene duda, consolar al triste, sufrir con paciencia las flaquezas del prójimo, perdonar las ofensas, corregir al que lo necesite y rezar por los vivos y los muertos.
Las obras corporales de misericordia son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los presos, dar albergue al que no lo tiene, visitar a los enfermos y enterrar a los muertos (ver Mateo 25 y Tobías 1 y 2).
Las obras de misericordia nos llaman a centrar nuestra atención en otros, despertar nuestro conocimiento a sus necesidades espirituales, emocionales y físicas. Los cristianos no pasamos por la vida con cegueras, sino que vamos buscando oportunidades de amar como Jesús ama; para amar con el amor de Jesús. Habiéndonos encontrado cara a cara con la misericordia de Jesús, nosotros buscamos la forma de compartirla con otros.
Pero primero debemos notar su dificultad.
Cuando Jesús contó la parábola del hombre rico (a menudo llamado “epulón” por la palabra latina que significa ‘rico’) y del pobre Lázaro, una característica de la historia que no solo sorprende sino que nos deja atónitos es: no era simplemente que el hombre rico no ofreciera ayuda a Lázaro, quien mendigaba en su puerta, sino que ni siquiera noto que él estaba allí (ver Lucas 16, 19-31).
En otras palabras, la vida del cristiano no es solamente ‘parecer’ a Jesús, es también ‘ver’ como Jesús.
Las obras de misericordia comienzan en nosotros cuando nos abrimos a aquellos alrededor nuestro, cuando los miramos en los ojos, cuando nosotros vemos las cosas. No podemos permanecer indiferentes cuando en medio de a aquellos que están en necesidad, porque ellos nos hablan sin palabras y nos llaman al amor de Jesús dentro de nosotros mismos. Jesús quiere responderles a través nuestro. ¿A quién podría él enviar, sino es uno de sus discípulos?
A todos los adolescentes que se preparan para el sacramento de la confirmación se les pide que realicen un cierto número de ‘horas de servicio’ como un modo de introducirles a las obras de misericordia. Cuando ellos escriben sus cartas de Confirmación, frecuentemente mencionan lo que esas horas han significado –visitando asilos, colectando comida para los pobres, proveyendo cuidado a los niños durante una función parroquia, etc. Muchas veces me conmueve la descripción que ellos hacen de estas horas de servicio.
Al mismo tiempo, sin embargo, me pregunto si presentamos este requisito de ‘horas de servicio’ solo como eso -un prerrequisito para recibir algo- y no como una introducción a la forma en que el resto de su vida debería ser. Tanto como veamos tales obras de misericordia como un trabajo voluntario, nosotros nunca verdaderamente ‘pareceremos’ o ‘veremos’ como Jesús o nos sentiremos sus instrumentos. Las obras de misericordia son el marco de trabajo de cada vida cristiana. Más allá de ser horas ‘añadidas’ de trabajo voluntario dentro de un horario muy ocupado, ellas son el fundamento dentro del cual debe descansar el entreteje del resto de la vida.
No hay duda que el trabajo voluntario puede ser de inmensa ayuda para aquellos en necesidad, pero las obras de misericordia son esencialmente diferentes. Primero, ellas son un reconocimiento de que yo soy cristiano, aquella necesidad tiene una demanda en mí. Segundo, las obras de misericordia son el marco de trabajo de cada vida cristiana, y su propósito es llevarnos al encuentro con Jesús –encontrarme con él en aquellos en necesidad, y que ellos lo encuentren en mí.
Epulón fue rico en dinero, pero Dios es “Epulón en misericordia” –rico en misericordia. Suyas son las riquezas que nosotros compartimos en los trabajos de misericordia. Suyas son las riquezas que nos alimentan y suyas aquellas que otros encuentran en nosotros.
En las siguientes dos columnas, reflexionaré sobre cómo las obras espirituales y corporales de la misericordia se ven en la practica.
Bishop Peter Sartain